No hay vuelos directos a Nairobi desde España, así que nuestro gran viaje comenzó con un “gran rodeo”, haciendo escala en Doha. No es que nos importara demasiado. Íbamos con las pilas cargadas, así que esta pequeña incomodidad no dejaba de ser en el fondo una oportunidad para conocer algo nuevo. Claro que las elevadas temperaturas, unidas a la gran humedad del ambiente consiguieron apaciguar cualquier entusiasmo. Es imposible fascinarse con algo si te falta oxígeno, y ésa es la sensación que a mí me dio al poner un pie fuera del aeropuerto de Doha. Esta ciudad artificial en medio del desierto ha logrado reunir tanta riqueza que no es poco el flujo de emigrantes que llegan desde diversos países buscando trabajo. A mí esta ciudad me pareció sofocante, y deseé con todas mis fuerzas embarcar en el avión que nos dejara en nuestro destino final.

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Trámites de visado, maletas, cambio de moneda… y ¡por fin nos encontrábamos en Kenia! Nuestro corresponsal en el país estaba esperándonos para hacernos el traslado al hotel y contarnos de camino al mismo las primeras indicaciones básicas a tener en cuenta. Nairobi no es una ciudad turística en el sentido de que el turista pueda encontrar en ella muchas cosas con las que entretenerse, así que nos aconsejó no aventurarnos demasiado lejos del hotel, sobre todo si llevábamos cosas de valor encima. El consejo fue seguido más que por inquietud, por cansancio. Decidimos que lo mejor era relajarnos hasta la noche, ya que teníamos mesa reservada para cenar con los representantes de la agencia local, en el famoso restaurante Carnivore. Este restaurante se hizo famoso hace unos años, cuando se servían carnes de animales salvajes, tales como cocodrilo, cebra o impala. Hoy en día no es posible probar este tipo de carne. En Kenia la caza de estos animales, así como su cría para el comercio, está prohibida. Antes se importaba de otros países donde su consumo sí es legal, pero últimamente y debido a algunas circunstancias que no me quedaron claras, no es posible hacerlo. Así que el Carnivore, a día de hoy, sólo sirve carne de animales más convencionales: cerdo, pollo, ternera… No puedo decir que para mi resultara una decepción – sí lo fue para mis compañeros de viaje-. Aparte del hecho de que soy casi vegetariana, considero un grave error la legalización del consumo de carne de ese tipo de animales. Bajo mi punto de vista eso sólo contribuye a animar a los furtivos a continuar con sus matanzas, para proveer de material a restaurantes a los que quizás no les importe saber de dónde procede esa carne, ni de qué manera fue obtenida.

El ambiente, la compañía y la conversación fueron muy agradables. Nuestros compañeros de la agencia local nos pusieron sobre aviso de lo que podíamos esperar de un safari: iba a ser emocionante, iba a ser algo nuevo y sorprendente, pero también iba a ser cuestión de suerte. Es lógico, en un safari se va a ver animales en libertad, no se puede esperar que estén esperando al paso del coche en el momento y lugar que elijamos, pero bueno era saberlo, porque siempre es mejor no esperar mucho y encontrarse con todo, que esperar todo y volver con el ánimo vacío. La curiosidad ya empezaba a picar, no veía el momento de subirnos al 4x4 y comenzar la ruta.

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Seis de la mañana. Encuentro con Bernard, que fue nuestro guía durante casi todo el viaje. Salimos de Nairobi sin perder detalle del paisaje que íbamos dejando atrás. Pasamos decenas de pueblecitos coloridos y pronto nos dimos cuenta de que las carreteras de Kenia dejan mucho que desear. Los caminos se hacían cada vez peores, y nos sentimos enormemente agradecidos por el Toyota Land Cruiser en el que viajamos, un estupendo vehículo, con techo descapotable para divisar los animales y poder fotografiarlos. Samburu está a varias horas de camino de Nairobi, pero finalmente llegamos a la entrada del parque. No pude evitar mirar a uno y otro lado mientras nuestro guía gestionaba los trámites de la entrada al mismo. Estaba deseando ver animales y apenas podía contener la impaciencia. Una simple ardilla excavando en el suelo ya me hizo dar saltos de alegría. Era la emoción que empezaba a burbujear como champán del bueno, ahora sí comenzaba la aventura. Entramos en el parque y no tuvimos que esperar mucho antes de encontrarnos con lo que esperábamos desde que salimos - hacía ya un par de días - de nuestra casa: el primero de los animales que íbamos a observar y uno de los que se convertirían en mis predilectos, una cebra de Gravy. Estaba ahí, al borde del camino y nos miraba con esos ojazos tan profundos, oscuros como una noche sin luna. No los olvidaré nunca por muchos años que pasen. Habrá quien diga que al fin y al cabo todo el mundo ha visitado un zoológico y que no estaba viendo nada nuevo. Mentira. Era algo nuevo, era un animal tan diferente a los que tristemente cumplen condena en artificiosos recintos, que el corazón me golpeaba con fuerza. Aún tuvimos la suerte de ver algunos animales más antes de llegar a nuestro lodge: gacelas y pequeños dick-dick que al principio confundimos con crías de gacela. Estos animalillos, los dick-dick, son muy graciosos. En Samburu los hay por cientos, y son tan diminutos y saltarines que bien podrían ser criaturas animadas escapadas de alguna película de dibujos.

El Intrepid Lodge de Samburu es un resort con magníficas cabañas, y un gran ejemplo de eco turismo. Está totalmente integrado en la Naturaleza que le rodea sin dejar de ofrecer a sus huéspedes un esmerado servicio y todas las comodidades que se puedan desear.

Por la tarde, salimos para hacer nuestro primer safari y, quizás por aquello de “la suerte del principiante”, no tardamos en encontrar a uno de los animales más difíciles de ver en Kenia: un leopardo. Según nos habían contado ya durante nuestra cena en el Carnivore, hay personas que vuelven hasta dos y tres veces al país sin lograr ver ninguno. Y debe ser cierto, pues este leopardo fue el primero y el último que vimos durante todos nuestros días de viaje. Los leopardos son una de las razas más afectadas en Kenia. Su número ha disminuido de manera preocupante y ello, aunado a sus nocturnas costumbres de caza, le convierte en un objeto tan deseado como raro de observar. Tener la oportunidad de verlo es algo que valoramos tanto como se merecía. Era un magnífico ejemplar que, tumbado en el tronco de un árbol medio derrumbado, trataba de ignorar el revuelo que causaba su presencia. Algo a todas luces difícil, puesto que al menos quince coches le rodeaban, todos ellos llenos de turistas que contenían la respiración y no separaban sus dedos del botón de sus cámaras, ni los ojos de sus prismáticos. Allí, entusiasmada como la que más, pensé “pobre animal”. No podía evitar sentir una punzada de remordimiento por imponerle así nuestra curiosidad. Ese día y los días sucesivos, según íbamos acercándonos a distintos animales comprendí mejor que nunca la necesidad de ejercer un turismo responsable, no destructivo y lo menos perturbador posible. Es cierto que estos animales salvajes han encontrado su tabla de salvación en la misma raza que ha supuesto el mayor golpe a su continuidad y a su supervivencia: la raza humana. Los humanos hemos mermado de manera radical la mayoría de los grupos de animales salvajes, siempre en pos de uno u otro interés: apoderarnos de sus pieles, de sus colmillos, de su carne o de sus tierras. Ahora que de alguna forma podemos hacer algo para remediar todo el mal pasado, tenemos que tener un especial cuidado en que el turismo no se convierta en una nueva forma de invasión nociva para estos animales.

Tras grabar la soberbia imagen del leopardo en nuestras retinas y en las tarjetas de nuestras cámaras, continuamos el safari, admirando los nuevos animales que encontrábamos: las jirafas, los elefantes y más cebras y dick-dick que convirtieron nuestra primera salida una tarde para el recuerdo.

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Desayuno temprano y salida para visitar un poblado samburu, donde pudimos ser testigos de que el estilo de vida tradicional de estas gentes continua casi inamovible, a pesar de que el tiempo con sus avances, modernidades y descubrimientos, ha dejado sus costumbres obsoletas e incomprensibles, al menos bajo mi punto de vista. Terminada la visita del poblado, nos lanzamos de nuevo a las intransitables carreteras y caminos keniatas. Nuestra próxima parada: Sweetwater.

El Lodge en el que nos alojamos este día posee un gran encanto, que debe en su mayor parte a la gran charca artificial situada en su frente y a la que se acercan a beber muchos animales. Es una práctica bastante común entre algunos hoteles de los diferentes parques naturales excavar este tipo de estanques que rellenan de agua frecuentemente. Obviamente es un reclamo turístico, pero que beneficia también a los animales. Ellos saben dónde encontrar agua aunque haya sequía y nosotros vivimos la inolvidable experiencia de poder desayunar y cenar viendo a jirafas, elefantes, gacelas y aves acudir a la charca, sin importarles las curiosas personillas que les sacaban fotos y, taza de café en mano, les miraban con la boca abierta.

Por la tarde, antes de la salida para el safari, nos acercamos a visitar la única reserva de chimpancés del África del Este. Es una visita que esperaba con especial ilusión. En Kenia no hay chimpancés, quiero decir que no son originarios de este país. La reserva que fuimos a visitar acoge a chimpancés de distintos países, y este lugar supone para ellos una nueva oportunidad para recuperar sus vidas, que de una u otra forma habían resultado truncadas. El comercio con chimpancés en otros países –africanos y no africanos- ha supuesto para esta especie una auténtica desgracia. No es sólo que en algunos de ellos se venda su carne para el consumo humano, es también que muchos son asesinados por furtivos para apoderarse de sus crías, que son vendidas como mascotas. Y aquí nos enfrentamos a dos crueldades: la crueldad de asesinar a las familias de estas crías de chimpancé y la crueldad de mantenerlos luego en un ambiente para el que no han nacido. Algunos de ellos sufren años de reclusión en pequeñas jaulas en las que apenas pueden ponerse de pie. Todo ello, como siempre, para lucro y diversión de cuatro insensibles insensatos. En este centro se les cuida a su llegada, y se les cura las heridas no sólo físicas, sino también psicológicas. La mayoría llegan con depresión y problemas de comportamiento, pero gracias al buen hacer de sus cuidadores logran reinsertarse y volver a una libertad casi genuina, pues la reserva –que cuenta con una gran extensión de terreno- recrea al máximo su hábitat natural, donde el ser humano no interviene en el día a día de estos animales. Ellos se buscan su alimento y establecen sus relaciones sociales, al margen de las personas que les han ayudado a superar su pasado y al margen también de los visitantes que los observamos a través de las empalizadas de seguridad que delimitan la zona.

Continuando con el safari, pudimos ver por primera vez rinocerontes – blancos y negros-. Porque eso es otra cosa que hemos aprendido en este viaje. Una cebra no es una simple cebra, ni una jirafa llanamente una jirafa. Muchas de las especies a las que nosotros distinguimos sólo con un nombre genérico, tienen diversas variedades, que probablemente yo no reconocería, pero que nuestro guía siempre se encargaba de señalarnos. Era un verdadero experto en la materia.

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Volvimos a coger las maletas tras el desayuno. Tocaba encaminarse hacia el Parque Nacional de Nakuru, famoso por sus flamencos. Estos animales, cubriendo como una inmensa alfombra rosa el lago, ofrecen una vista y unas fotos excepcionales. En el parque tuvimos también la suerte de poder ver rinocerontes, jirafas y babuinos. Estos babuinos, pese a su cara de enfado permanente, me parecen unos animales muy tiernos. Podría pasarme horas mirándolos, sobre todo observando cómo cuidan de sus crías y las cargan a sus espaldas, o las acunan en sus brazos, con la misma delicadeza que cualquier animal de dos patas. De hecho, en la mayoría de los hoteles en los que estuvimos había diversas especies campando libremente por sus terrenos, y para mí sin duda eran el aliciente más simpático de todos. Y ello, pese a que teníamos que andarnos con mucho cuidado a la hora de cerrar las tiendas, para evitar que nos hicieran una visita inesperada. Sin embargo, es indudable que su presencia suponía un extra más que añadir a estos hoteles, que ya de por si cuentan con un encanto particular y único.

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Por la mañana, antes de continuar camino hacia Masai Mara, hicimos un alto en el Lago Naivasha donde tomamos una barca para bordearlo, y tener la oportunidad de observar por primera vez en nuestro viaje a los hipopótamos. Singulares animales, extraños. Viéndolos medio hundidos en el agua, con apenas una parte de su cabeza y del lomo fuera, se asemejaban a un grupo de rocas. Tienen fama de no gastar muy buen humor, por lo que el barquero tuvo mucho cuidado de no acercarse demasiado, para evitar que el bote pudiera volcar si estas enormes moles abandonaban su hierática postura y se movían. El lago Naivasha ofrece también la oportunidad de observar diversos tipos de aves, y en especial el águila pescadora. Para poder admirarlas en pleno vuelo, el barquero las llamaba silbando y lanzaba al aire un pescado, que ellas acudían a capturar, ofreciendo un espectáculo singular y majestuoso. El único inconveniente es que son demasiados los turistas que pasan por el lago al cabo del día, con la consiguiente sobrealimentación de estas aves, que muchas de las veces se limitaban a mirarnos desde los árboles, pensando seguramente “cómetelo tú”. Hacían bien.

Terminada esta visita, partimos hacia Masai Mara, uno de los puntos culminantes de nuestro viaje, y al que nos dirigimos con no poca ansiedad y expectación ya que, aunque habíamos divisado algún león, no habíamos podido disfrutar de ellos demasiado y empezábamos a temer que se nos escapara la oportunidad de poder hacerlo como se merece este espléndido animal. Esa tarde aún tuvimos que sufrir la decepción de no cruzarnos con ninguno, pero sin embargo encontramos por primera vez una hiena. Para vergüenza de los realizadores de El Rey León, tengo que decir que nos pareció muy guapa y simpática. Y es que el imaginario creado por Walt Disney puede llegar a ser a veces un efecto secundario a tener en cuenta.






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Por la mañana hicimos la visita a un poblado Masai. Qué queréis que os diga. Es visita “obligada”, ya lo sé. Después de tanto ver documentales sobre estas tribus, ir a Kenia y pasar de ver el poblado parece poco menos que un delito. Pero no me gustan este tipo de visitas. No era la primera vez que las hacía y siempre me queda la incómoda sensación de estar participando en una farsa inútil. Pero objetivamente tengo que reconocer que impresionaba ver cómo estas gentes siguen viviendo de acuerdo a patrones y costumbres diametralmente opuestos a los nuestros, al igual que las tribus samburu. Viven en casas construidas con excrementos de vaca (para aislarse del frío y del calor), edificaciones minúsculas y perecederas que tienen a lo sumos dos habitaciones, una para los padres y otra para toda la prole; practican aún tanto la circuncisión como la ablación, cuentan su riqueza en función de las vacas que pueden comprar, y andan medio descalzos entre un mare magnun de suciedad y de basura, y todo ello con la misma naturalidad y expresión satisfecha con la que nosotros caminaríamos por el centro de una gran ciudad.

Cuando llegamos, algunos hombres de la tribu salieron a recibirnos y a cobrar la entrada de 20 euros por persona que hay que abonar por la visita. Según nos explicaron este dinero va a parar a toda la comunidad y a las instalaciones de hospital, colegio, etc de las que todos los poblados de los alrededores se benefician. Yo no podía más que pensar que ojalá esas instalaciones estuvieran en mejores condiciones que su propio poblado, porque nunca podré entender que ningún modo de vida, ni ninguna tradición, por respetable que sea, de cabida a la suciedad y a la dejadez. Una cosa no justifica la otra, y nadie va a convencerme de lo contrario, ni aun a riesgo de que me tilden de intolerante.

En fin, una vez visto y “participado” en las danzas típicas y visitado el “mercadillo” continuamos con nuestro safari, a la búsqueda de El Rey de la Selva, que se hizo de rogar, porque no fue hasta última hora de la tarde que nos tropezamos con una pareja que estaba junto a su cría, un león joven. Fue un bonito espectáculo, los tres poderosos animales, tumbados a la luz del atardecer, ignorantes de que con su mera presencia estaban colmando las ilusiones de todos los que teníamos la suerte de contemplarlos.

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Antes de abandonar Masai Mara para volver a Nairobi, nuestro último safari por la zona nos dejó grabadas imágenes singulares y únicas. A través de una extensa llanura y, subiendo una leve colina, un gran grupo de cebras caminaban, todas en fila, como un ejército bien adiestrado. Una detrás de otra, sus elegantes figuras recortándose en el horizonte para regalarnos un bello recuerdo y unas magníficas fotos. Las observamos un rato, se lo merecían. Por último, nos dirigimos hacia el río Mara, donde todo el mundo sueña con ver el paso de los ñus. No había ñus, no tuvimos tanta suerte, pero sin embargo pudimos reírnos viendo cómo un hipopótamo molestaba a un cocodrilo de proporciones gigantes que tomaba plácidamente un baño de sol. Éste se revolvió y le plantó cara, pero sólo diciendo “déjame en paz”, sin atacar, porque estas dos singulares especies conviven juntas en el mismo espacio, sin suponer un peligro la una para la otra.

El camino hacia Nairobi es largo y pesado, las carreteras en este país son una verdadera pesadilla, pero nos entretuvimos pensando en la nueva aventura del día siguiente: el viaje en avioneta para dirigirnos a Amboseli.

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El vuelo hacia Amboseli supone toda una experiencia, no tanto ya por la avioneta con capacidad para 10 pasajeros, en la que vas sentado justo detrás del piloto, viéndole tocar todas las palanquitas y botones -lo cual puede ser muy entrenido siempre que no seas aprensivo- como por la visión de la pista de aterrizaje que nos esperaba a nuestra llegada. Mis compañeros iban sentados cada uno en una ventanilla, mirando muy emocionados el paisaje. En estos casos, yo prefiero desaparecer en mi propio universo hasta poner los pies en el suelo, lo reconozco. Ellos fueron los primeros en comentar: "uy, pero ¿dónde va a aterrizar?". Ahí abajo, en medio de una extensión despejada y más o menos llana, sendas hileras de piedras conformaban la peculiar pista en la que aterrizamos. Un gran aterrizaje, no os creáis, ya quisieran muchos pilotos de grandes aviones en estupendos aeropuertos.

Una vez instalados en nuestro nuevo vehículo, un 4x4 totalmente descubierto tanto por los laterales como por el techo, emprendimos el camino a Tortilis Camp. El recorrido nos descubrió la parte más triste del viaje. Kenia lleva sufriendo sequía durante dos años, y Amboseli ha sido de las zonas peor paradas. Un continuo reguero de animales muertos, sobre todo cebras y ñus, pero también algún hipopótamo, nos acompañó todo el rato. Si no hay suficiente agua, tampoco la comida es suficiente, y los animales muertos por centenares se mezclaban con los vivos, que pastaban tranquilamente al lado de los cuerpos de los caídos. Fue un espectáculo dolorosamente triste, no estábamos preparados para ello y aunque en aquel momento hubiera preferido no verlo, ahora pienso que seguramente para valorar la vida es necesario tener esa cruel constancia de la muerte. Pero era de alguna forma irritante, porque ni siquiera se podía culpar a nadie de ese desastre natural, no creo que el tiempo admita reclamaciones. En ese estado de ánimo, y aunque me avergüence un poco reconocerlo, llegar a nuestro campamento fue como llegar a una especie de pequeño paraíso en el que refugiarnos. El campamento Tortilis fue uno de los mejores en los que nos alojamos. Tiene cabañas con vistas al Kilimanjaro y, desde su bar – cafetería, puedes observar tranquilamente a los elefantes que van a beber a la charca artificial que hay habilitada para ellos. Los elefantes constituyen la mayor población animal de Amboseli, y es el sitio donde mejor pueden observarse. Sentados en la terraza del campamento, disfrutamos sobre todo de las andanzas de un pequeño elefantito que parecía divertirse de lo lindo revolcándose en el barro de la charca. Es muy curioso observar el trato de los elefantes adultos de la manada hacia las crías. Son muy protectores con ellos, y los pequeños van siempre detrás de sus madres sin perderlas de vista. Cuando se alejan un poco emprenden una graciosa carrerilla hasta darles alcance. Es imposible no sonreir al verlos.

El safari de la tarde resultó una experiencia más agradable que el de la mañana, y también bastante más excitante. Supongo que cada viaje tiene su anécdota por excelencia, y nosotros vivimos la nuestra entonces. Llevábamos un rato recorriendo el parque cuando nos encontramos con una pareja de leones: un macho intentando montar a una hembra, que trataba de darle de lado y dormir en paz. Estuvimos un rato observándolos junto a otros coches, pero el conductor decidió emprender el regreso al campamento puesto que estaba anocheciendo. No se permite estar a los turistas en los parques de noche, a no ser que se saquen permisos especiales. Al dar la vuelta, una enorme piedra se quedó atascada debajo de nuestro vehículo, que no podía ni avanzar, ni retroceder. Sentada en el último asiento del 4x4 (recordemos que era completamente descubierto) miraba a los leones con una mezcla de fascinación e inseguridad, porque no sabía si debíamos empezar a preocuparnos. Los leones estaban a unos treinta metros y en principio no nos habían prestado atención. Nunca lo hacen, están demasiado acostumbrados a los coches, pero estábamos haciendo tanto ruido que por momentos el león pasaba su atención de su compañera a nosotros, como preguntándose qué demonios hacía tanto ruido. Otro conductor de una minivan que se había percatado de nuestra situación bajó mirando de reojo a los leones y pidiéndonos encarecidamente que los vigiláramos, en tanto que él y nuestro conductor sacaban la piedra de debajo del coche. Creo que todo duró no más de cuatro o cinco minutos pero todos los que íbamos en el coche tuvimos la misma secuencia de pensamientos: “uy, qué pasa”, “vaya, menos mal que el león está pendiente de lo suyo”, “ay ay, que nos está mirando”, “¿se acercará?”, “¿cuánto tardará en llegar el león aquí, si decide indagar, y cuánto nosotros en pegar un salto y decirles a los de la minivan que nos abran la puerta?”. Finalmente el coche logró salir del atolladero y todos nos reímos, preguntándonos si en algún momento habíamos corrido algún peligro real. Yo creo que ningún animal salvaje atacaría a una persona en una situación normal. Probablemente sí lo haría si está cazando, o si se siente amenazado, pero por supuesto es algo que pienso mantener en pura especulación, no se me ocurriría comprobarlo, y agradezco de verdad que esa tarde no tuviéramos oportunidad de hacerlo.

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Esa mañana estuvo llena de experiencias únicas, y sorpresas de película. Comenzamos el día muy temprano, con uno de los mejores safaris que disfrutamos durante el viaje. Tuvimos la oportunidad de detener el coche a escasos metros de un par de elefantes que estaban comiendo. Son unos animales impresionantes, aunque en todos los parques tienen que tener controlada su población para que no crezca demasiado, pues causan grandes destrozos a su paso. Continuando con el safari, nos encontramos con un par de leones jóvenes que acaban de darse un buen festín con una pobre cebra, cuyos restos estaban esparcidos por doquier. Los leones entre tanto descansaban al sol, con los hocicos llenos de la sangre de su desayuno. Es curioso, pero ver esto no me supuso ningún conflicto emocional, pese a ser medio vegetariana y pese a haberme encariñado con las cebras durante este viaje. Reconozco que el comportamiento de los leones es ley de la Naturaleza, ellos deben cazar para comer y las cebras son su presa, como lo son muchos otros animales. Pero en este caso, la muerte es un hecho con sentido, esa cebra había muerto por algo, no como el resto de sus congéneres agotados por la sed y el hambre.

Habíamos salido sin comer nada, porque nos iban a preparar un desayuno en plena sabana. Aunque la idea ya era sugerente, no me esperaba el gran detalle con el que el campamento lo había organizado. Debajo de unos árboles, en una zona segura donde no rondaban depredadores, habían dispuesto una mesa con todos sus cubiertos, y en otra mesa con un hornillo un cocinero nos preparó sobre la marcha tortillas calientes, y bacon, salchichas y otros manjares para los que así lo quisieron. Había café, zumos, tostadas y frutas. No creo que exagere si digo que fue el mejor desayuno de mi vida. De repente, me daba la impresión de haber caído de cabeza en una película o en una novela de aventuras, y la sensación me gustó bastante, debo reconocerlo.



Por la tarde, el día continuó sorprendiéndonos gratamente. Tras una agradable caminata, guiados por un masai que nos habló de todos los diversos tipos de plantas que encontramos y de sus utilidades, terminamos el día disfrutando de una puesta de sol espectacular, acomodados en lo alto de una colina, copa de vino blanco / cerveza / refresco en mano. No puede evitar gritar ¡CAMPAI! Y es que no sé cómo se brinda en swahili.






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Nuestro viaje tocaba a su fin, pero lo cerramos con un broche de oro. Ese día en Nairobi estuvo cargado de momentos alegres y tiernos. Por la mañana, fuimos a visitar la fundación Sheldrick. Este centro hace una labor impagable, rescatando a pequeños elefantes, huérfanos por un motivo u otro. En muchas ocasiones el motivo es, tristemente, la caza de los furtivos que asesinan a sus madres. Allí donde hay un aviso de un elefantito solo, el equipo de este centro se dirige, con atención veterinaria, para trasladarlo al centro de Nairobi, donde estos elefantes encontrarán una nueva familia en la que se criarán hasta el momento de volver a reinsertarlos en su ambiente natural. Los cuidadores ejercen el papel de "mamás adoptivas", y los tratan con verdadero cariño, sólo hace falta verles mirar a estas crías para saberlo. Los elefantes son unos animales muy sensibles, en seguida notan si alguien les quiere o no, y además los adultos tienen mucho cuidado de los pequeños. Es por ello que a su llegada al centro, estos pobres huérfanos tienen que establecer un vínculo especial y fuerte con sus cuidadores, que para favorecerlo duermen incluso con ellos, para que en ningún momento se sientan solos.

El centro permite la entrada a visitantes sólo 1 hora al día, para que los elefantes no se "humanicen" demasiado, puesto que su futuro es volver con sus congéneres a un estado natural de libertad. Nos agrupamos en torno al recinto, acotado con una cuerda, para ver salir por grupos a estos pequeñuelos, que paseaban por delante de nosotros, jugaban en el barro y tomaban enormes biberones de manos de sus cuidadores.

El centro acoge también a algunas crías de rinoceronte, huérfanas igual que los elefantes. Me impresionó muchísimo la buena organización de este centro y el trato del personal hacia estos pobres animales. A la salida, se ofrecía la posibilidad de apadrinar uno de estos elefantitos, y no desaprovechamos la ocasión de unirnos a este gran proyecto. Salí de lo más feliz con el certificado de apadrinamiento de KILAGUNI, un pobre elefantito de un año de edad, que encontraron solo y herido, probablemente atacado por una hiena. De ahí que tuvieran que amputarle el rabo. El centro envía periódicamente información sobre tu ahijado y sobre las noticias del centro, y accediendo a su web puedes en cualquier momento ver fotos e información sobre tu elefante o sus compañeros.

Tras esta inolvidable experiencia, nos encaminamos a otro centro de recuperación de una clase especial de jirafas. Allí las crían y luego las ponen en libertad. En esta ocasión tuvimos también la oportunidad de alimentarlas. Subidos a una especie de torre, los turistas les ofrecíamos a estos bellos animales puñados de pienso, que comen de tu mano. Creo que las pobres terminan un poco empachadas al final del día, pero fue también una experiencia divertida y curiosa. Nos pareció que su labor en muy importante en tanto que los animales no están allí como en un zoo, sino que están en régimen de semi-libertad hasta el momento en que son insertados en su hábitat natural.

Pasada la mañana de esta forma tan agradable y tras el almuerzo, nos dirigimos a visitar la casa de Karen Blinsen. En una visita guiada, pudimos acceder a las diferentes estancias de la casa y ver retratos de los verdaderos protagonistas de la historia de Memorias de África. Como suele pasar, los actores tenían un mayor atractivo que los personajes a los que representaban, pero la visita ha sido una buena forma de poner punto y final al día y a nuestro viaje a Kenia.

Al día siguiente tuvimos un largo vuelo de vuelta a casa, pero regresamos satisfechos, llenos de una sensación de plenitud que sólo puede darte el vivir unos días de experiencias diferentes y únicas. Como amante de los animales, no puedo menos que decir que ha ocupado el puesto del mejor viaje de mi vida. Pocos han tenido para mí el atractivo y la emoción que supuso ver leones, cebras, jirafas, elefantes, gacelas.... en total libertad, observarlos de cerca y mirarlos a los ojos no tiene precio. Espero poder volver en alguna ocasión, porque no creo que nunca me canse de participar, aunque sea como mera observadora, del gran escenario que la Naturaleza ofrece en estas tierras.

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